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martes, 17 de abril de 2012

Lectura, ciudadanía activa y lentejas



Empezamos una sección de colaboraciones en el blog. En esta ocasión tenemos la suerte de contar con un artículo de Alberto Soler, Coordinador del Premio Mandarache de jóvenes lectores del Ayuntamiento de Cartagena. Un lujo al que espero podáis extraer todo el sabor que merece.

Reflexiones leguminosas a partir del Premio Mandarache

Un libro no es como un supositorio, que lo lees y te hace efecto sin poner nada de tu parte. Un libro necesita un lector, no un consumidor. Y un lector no se consigue sin educación, cultura, sentido crítico, atención, etc. Crear lectores es caro y no produce beneficios. Es más rentable crear consumidores. Es mejor formar clientes que ciudadanos. Así nos va.
Rafael Reig, “Prohibir la lectura”
El proyecto Mandarache nació en 2004 como una fuerte apuesta de la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de Cartagena y de las Bibliotecas Municipales para  fomentar los hábitos lectores entre la población juvenil. Sin embargo, la verdadera finalidad de un programa de fomento de la lectura no es tanto la promoción del hecho de leer en sí como de lo que comporta el ser lector. Es decir, no se trata de que las librerías vendan más libros (que también está bien), sino de que los jóvenes de hoy sean hoy mismo ciudadanos despiertos, culturalmente inquietos y con una conciencia crítica estimulada. Ése es, sin lugar a dudas, el objetivo último del Premio Mandarache, un proyecto de fomento de la lectura cuya fórmula se corresponde a la de un premio internacional de narrativa otorgado por un jurado de más de 2.000 jóvenes entre 15 y 30 años, organizados en comités de lectura.
La lectura es reconocida como uno de los instrumentos más eficaces en la visión constructiva de la ciudadanía, pues tiene una función afianzadora de nuestros vínculos sociales. Y es que sin lugar a dudas leer es el mejor ejercicio para adueñarnos de la lengua, vehículo de relación entre los individuos y la sociedad. La calidad de un régimen democrático, aún más en los complacientemente engañosos sistemas neoliberales, depende de la capacidad de los ciudadanos para informarse, criticar las ideas, evaluar los argumentos y justificar las propias decisiones, es decir, de la calidad de su discurso público. Natillas Danone:
es de vital importancia para la democracia que sus ciudadanos sean capaces de manejar de manera crítica y creativa las herramientas que permiten la convivencia favorable y el progreso de la sociedad. Y la principal herramienta es el lenguaje, y la lectura el hábito que debe ser ejercitado para manejar con soltura dicha herramienta, para adueñarse eficazmente de él.
Sin embargo, ¿qué lectura debemos fomentar exactamente entre los jóvenes? ¿y cómo podemos hacerlo? Es complicado, o mejor, hay opiniones muy diversas, y dependerá del objetivo último de cada cual la respuesta a estas preguntas. El mercado editorial, cuya finalidad última (y primera) es vender, ha apostado fuertemente por la llamada literatura juvenil, que -generalizando y siendo tremendamente injusto- se basa en unos personajes (en edad adolescente) no-complejos que viven unas historias con argumentos no-complejos narradas a través de un vocabulario no-complejo pero con altas dosis de moralina, lo que daría lugar a: la novela de la anorexia, la del embarazo adolescente, la de la violencia escolar y, mis favoritos, los libros de vampiros, duendes, dragones y llaves mágicas… Eduardo Mendoza dijo en su presentación en el Premio Mandarache: “libros a la medida del más tonto”.
La argumentación en contra de lo que acabo de afirmar suele ser: “pero es que los jóvenes (nótese la cursiva) no leen los otros libros porque son muy difíciles para ellos”. Peligro. Peligro porque dicho argumento lleva a cientos de profesores y de maestros, y bibliotecarios, instituciones, administraciones, etc. a jugar al éxito, al falso éxito de ofrecer exclusivamente este tipo de lecturas simplificadas (juveniles, a edades más tempranas, y bestselleristas, con los mayores), en lugar de apostar por el arduo trabajo de enseñar a leer, elevar el nivel lector de los jóvenes, acercarlos tanto a los grandes hitos de la literatura como a las publicaciones más recientes, esas que aún no aparecen en los manuales escolares y cuyo conocimiento pertenece casi a los lectores profesionales (escritores, editores, especialistas, etc.), ponerlos al día en la lectura. Por eso el Premio Mandarache apuesta por obras literarias no juveniles, publicadas recientemente por autores en plena producción artística, algunos muy reconocidos y otros emergentes.
Pero hay más “peligros”, o discursos peligrosos ampliamente extendidos. Por ejemplo: El Placer de La Lectura (leer en voz alta con tono de “tomate”) reduce la piel de naranja, aumenta los triglicéridos y uno va con más frecuencia al baño. Leer produce un placer inigualable (ministerio de cultura dixit) que todo el mundo va pregonando a los cuatro vientos. Cuidado. Lo sentimos mucho pero leer no es un placer o, al menos, no al principio. Y si insistimos superficialmente en ese discurso perderemos posibles lectores tras algún tímido intento de abrir un libro. Porque soltarse en la lectura cuesta. Hay que decirlo, sí. Leer es un esfuerzo, y decir lo contrario es mentir al lector discontinuo y conducirlo hacia una más que posible experiencia de frustración que lo aleje para siempre de la lectura. La lectura no es la televisión, ni es el cine, que son medios cálidos y directos, que enlazan directamente con nuestras emociones y nuestro aparato sensorial. Leer es un ejercicio que exige concentración y una alta capacidad para el pensamiento abstracto (es más, éste es su mayor valor, la principal razón por la que  defendemos su promoción en las sociedades democráticas en aras de una ciudadanía activa y con capacidad de participación en los asuntos colectivos), y este ejercicio hay que entrenarlo durante horas para que llegue a producir un verdadero placer. Eso sí, el placer que produce entonces estalla en nuestro interior con un grado superlativo de satisfacción personal. Mucha más satisfacción, mucho más placer, que cuando vemos una película que nos maravilla porque, en el caso de la lectura, ese momento mágico, esa explosión de placer, ha sucedido gracias a nuestro esfuerzo. Leer es volver a escribir un libro con los ojos. El mérito es nuestro y el placer es más profundo.
Pero no he terminado. Hay otras creencias muy extendidas y discursos que perjudican el trabajo de promoción de hábitos lectores entre los jóvenes. Otro ejemplo: hay una línea argumental defendida por muchos que afirma que algunas prácticas de consumo cultural relacionadas con los medios audiovisuales son ‘ladrones de lectores’. Este argumento puede dibujar en el imaginario juvenil un perfil de lector cercano al universal personaje-tipo del “empollón”: un chico tímido, con gafas, casposo y con un hablar raro, ampuloso… Aquél que nunca será popular. El que, por definición, no mola. Un cortarrollos. Un pringao, vamos. Como si el que siente afición por el fútbol, o los videojuegos, o ver la tele, no pudiese ser lector. Este discurso, además de simplista y fraudulento, es perjudicial porque juega en contra de nuestros objetivos y desatiende la complejidad de los comportamientos lectores y las prácticas de consumo cultural. Por otro lado, la aparición de Internet y el desarrollo de las tecnologías de la comunicación están cambiado el concepto de lectura al igual que hizo en su día la aparición de la imprenta, y hoy en día resulta obsoleto calibrar los hábitos lectores manejando los mismos criterios que se utilizaban hace quince o veinte años. Y es que navegar por la red requiere leer, y mucho. La red de redes debe ser incluida como ámbito de nuestros proyectos de dinamización juvenil por ser un espacio privilegiado en el que los jóvenes se relacionan socialmente y consumen artefactos culturales.
Fomentar los hábitos lectores es promocionar la ciudadanía activa, a cualquier edad; y en el caso del trabajo con jóvenes debemos abordar esta empresa abandonando paternalismos caducos y sin dar nada por cierto. El proyecto Mandarache en sus primeros cinco años de vida ha hecho leer a más de 8.500 jóvenes de Cartagena porque les ha dado voz y voto, volteando la literatura hacia el lado de los lectores y privilegiando la figura del joven como un “ciudadano en proceso”, no como un adulto-light, sin azúcar, sin cafeína, sin desarrollos emocionales complejos ni relaciones estructuradas con la sociedad.
Escuchamos a menudo frases como: “los jóvenes no leen porque están todo el día enganchados a Internet y al móvil”; “si es que ya no saben ni relacionarse entre ellos”; “sí, sí, han perdido la educación y el respeto y no piensan más que en sí mismos”… Parece que (como siempre ha sucedido) el Apocalipsis se acerca porque las generaciones más jóvenes están perdiendo el rumbo.
Los hábitos juveniles son los que son: lentejas, que diría mi abuela. Y los profesionales de Juventud o los especialistas del libro y la lectura podemos tomarlas o dejarlas, pero no llorar amargamente porque estamos ‘perdiendo’ a nuestros jóvenes. Tenemos que tomar la decisión de acompañarlos por los caminos naturales que ellos están escogiendo, o arrinconarnos a mirar con nostalgia los métodos con los que trabajábamos en los ochenta y que, ¿oh, Dios mío, por qué ya no funcionan?
Tanto en la promoción de hábitos lectores como en el fomento de la ciudadanía activa y la participación juvenil hay que volver la vista hacia los jóvenes, situarse de su lado.
Compañeros, hay que comerse las lentejas.
Alberto Soler
Coordinador del Premio Mandarache de Jóvenes Lectores
www.premiomandarache.es

5 comentarios:

  1. Gracias Alberto por tu estupendo artículo. Espero que programas como éste además de seguir su curso, pese a la dichosa crisis, puedan extenderse por todos lados ya que aúna la promoción cultural con una metodología participativa fantástica. Que cunda el ejemplo.

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    1. Gracias a ti, Juan de las maravillas. Me encanta saber que sigues en activo gracias a este blog. Ahora te tengo un poquito más cerca.
      Alberto

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  2. Impresionante entrada. No sabía que existiera este programa. Enhorabuena a los organizadores y al Ayuntamiento de Cartagena por mantenerlo.

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  3. Gracias Juan por recordarnos iniciativas tan buenas en estos tiempos que corren.

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  4. Gracias a vosotros por participar en el blog.

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